Ahi estaba, al otro lado de la calle, sonriente.
Sonriente como cuando formaba la pirámide en el equipo de porras de su escuela.
Sonriente como cuando su madre iba a recogerla los viernes para ir a comer.
Igual, mas joven incluso que antes de su muerte.
Su madre, que se encontraba atendiendo a uno de sus pacientes, se asomó por la ventana de su consultorio, solo para contemplar por segunda ocasion a su hija, cruzando la calle sin ayuda de nadie.